- B I E N V E N I D O S -



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sábado, 20 de junio de 2020

CON MI VIEJA DE TESTIGO

Estos días han sido de despertarme muy tarde y dormir poco, por un lado, porque me he acostado todos los días a deshoras tratando de avanzar en mis proyectos y que haceres (para contextualizar; estamos trabajando en el video de Training Day), y por otro lado, por que mi habitación no me ayuda mucho sin tener luz del sol que entre en ella. Pero de igual forma he logrado concebir sueños que me han comunicado cosas, aunque no había escrito nada este año, hasta ahora.


En este sueño, estaba en la casa de mi mamá en los héroes (Maipú), seguramente cuidándola o acompañándola a raíz de que hace algunos días estuvo un poco enferma de algunos temas estomacales que precisaron mi apoyo para descartar de raíz el Covid que tanto les gusta a los médicos y clínicas hoy. Estábamos solos, no estaba con nosotros Mario (su esposo), había tranquilidad y silencio, no había ni música ni teles encendidas, eran tipo las cinco, o seis de la tarde, cuando decido salir un rato al patio de la casa mientras ella se queda dentro, para pensar y contemplar un rato al cielo como sabiendo, o buscando ver lo que iba a contemplar.

La casa era la de antes, no tenía los cambios que tiene ahora, donde por seguridad cambiaron la reja principal por una que actualmente es muy alta y añadieron un portón metálico gigante, a parte de los cambios de baldosas y otros elementos que agregaron en el exterior, aquí estaba todo simple, como cuando era más niño. Estaba en calma, todo sereno, casi nada de ruido y tampoco gente fuera, el cielo estaba celeste y con pocas nubes blancas, era un bonito día, hasta que de pronto -en ese afán eterno de encontrar algo fuera de lo común en las alturas- veo en el cielo un avión moverse, era un avión militar. Luego de quedarme un rato mirándolo este comenzó a realizar unas maniobras extrañas hasta que con rapidez se precipita en la casa de nuestros vecinos -en verdad, sentí que fue a un par de casas de la nuestra-. Era enorme y verde, el típico color de esa clase de aviones de combate, no cayó con violencia si no con suavidad, con algo más de violencia que un aterrizaje normal pero quedaba intacto -por lo que asumí, pues, desde esa pandereta gris solo pude apreciar la punta de una de sus alas- y yo quedaba asombrado pero realmente sin ninguna clase de miedo (no atiné a revisar si es que había alguien herido en la casa contigua, realmente sentía que casi estábamos solos en el barrio).

No alcancé a ir adentro de la casa cuando otra cosa sucede. Volví a mirar en esa dirección hacía la cordillera, hacia el frontis de la casa, cuando de pronto un cohete gigante comienza a despegar a lo lejos, era el típico cohete gringo, algo más ancho que de costumbre, totalmente blanco con punta oscura, que se impulsaba hacia el cielo pero con muy poca fuerza, tanto que de pronto, a una altura nada extraordinaria, comenzaba a perder estabilidad y sin remedio terminaba cayendo casi en el mismo sitio desde donde despegó, causando una explosión extraña que generó un sonido estremecedor y gritos tormentosos, y en vez de explotar de forma normal generó una masa blanca, que se veía esponjosa pero realmente era de un material duro, que comenzó a expandirse hacia arriba y luego se fue dividiendo en varios cúmulos de este mismo material, desde donde surgieron de pronto grandes y numerosos robots blancos que comenzaron a correr en dirección opuesta a la que yo miraba. Eran muchos y extremadamente grandes, simples en su forma, como los dibujos de un niño, con piernas y brazos como los de Bender (robot de la serie Futurama), blancos -no un blanco extremo- en su totalidad, y de cabezas rectangulares, caras simpáticas y lineales, muy minimalistas, como si fueran juguetes de la marca Apple. La gente comenzó a gritar, sentí mucho terror en el ambiente a pesar de que los robots no tenían cara de malos, al contrario, tenían aspecto de asustados también, de hecho, sus bocas infantiles estaban con la típica curva de tristeza que uno dibuja. La gente comenzaba a correr en tumulto y con desesperación, recuerdo sus caras de terror, puesto que estos robots también corrieron pisando todo y a todos a su paso (o al menos eso sentí sin poder realmente apreciar la tragedia de una forma cruda y empírica), vi rostros de pánico correr sin medir nada, en ese momento me apresuré a correr dentro de la casa, y desde la vuelta que tiene el living hacia las piezas le grité a mi mamá (con fuerza pero de una forma muy sutil, calmada y cuidada) que saliera a mirar esto, que estaba pasando algo... Le grité varias veces, ella estaba en el baño, estaba con la puerta abierta y la luz encendida, me da la impresión que estaba peinándose, corrió con la fuerza que pudo, estaba vestida con un chaleco verde oscuro, el pelo tomado y un paño -que recuerdo entre marrón y rojo muy oscuro- que dejó caer al piso en este acto. Siento que todo esto fue en primavera, por que la ropa no era ni invernal ni veraniega (a parte vi hojas crecientes en los árboles). Corrió hacia mi a trotes, con pasos de abuelita casi, mostrando cierta debilidad o cansancio (quizás a raíz de lo que expliqué al principio), cuando estuvo cerca comencé a explicarle lo que pasaba, realmente no sabía muy bien que hacer ni como moverme pero seguí mi instinto, sentí que los robots podrían pisar la casa con nosotros adentro -eran muchos y gigantes, como de 150 metros-, así que nos movimos en dirección hacia la puerta de la cocina que da al patio por donde mismo entré, se sentía la tensión en el ambiente y había que hacer algo rápido, estábamos a punto de salir cuando de pronto, pum! la pata de uno de los robots aplasta la esquina de la casa (donde está el comedor) justo al lado nuestro. Quedamos atónitos, dijimos al unísono “uuuuh!" muy sorprendidos, recuerdo que le comenzaba a explicar con calma, era una conversación que mantenía -dentro de todo- cierta tranquilidad, donde le decía lo que vi y e explicaba ciertas cosas que siempre sentía en el cielo, también íbamos al patio donde había caído el avión anterior, pero este ya no estaba en su lugar, quizás fue removido por los mismos robots, no se. Al salir juntos, vimos las casas en pie, pero nada de gente, vimos un entorno tranquilo, pero es esa tranquilidad que se siente después de una catástrofe.

Lo último que recuerdo haber divisado con ella justo antes de despertar, luego de todos estos fenómenos, fue una nave voladora en el cielo, con la típica forma del vehículo espacial que representan en todas las películas, evidentemente ya era más tarde, casi de noche.



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SUCESOS Y ENCUENTROS (2019)

(Este sueño es de Enero del 2019, no sé porqué no lo publiqué en esas fechas y lo dejé como borrador. Mantendré todo tal cual lo escribí en ese momento).

Desde la ventana de mi habitación actual, mi hermano roomie (Pablo) y yo veíamos asombrados, pero tranquilos y felices, una gigantesca y brillante esfera metálica, de un gris medio, ni muy oscuro ni muy claro, flotando lentamente a una altura muy cercana, en dirección a Francisco Bilbao, perdiéndose entre los edificios. Era una esfera enorme, muy hermosa, que sólo tenía una especie de cinturón metálico prominente que recorría su centro de forma horizontal quebrando su simpleza, y que emitía un sonido muy leve, constante y agradable.

El día estaba despejado, el cielo gozaba de un celeste radiante y probablemente hacía ya algo de calor -visualizando un día de verano, a unos 27 grados centígrados-, probablemente eran las 9 de la mañana, por la postura en que el Sol se encontraba en el sueño.

Luego nos divisaba en el bandejón central de la calle Pocuro, donde están las ciclovías, vías de arena para correr y zonas de pasto -sin recordar exactamente a que altura nos encontrábamos-. En este punto estábamos de pie sobre los arenales, mi hermano estaba con su actual polola y algo que parecía ser su mascota -detalles de estos últimos no recuerdo bien-, pero ella vestía su típica tenida all black y él su polera color conchevino -rojo guindo o rojo vino- y jeans, y la mascota era algo mediano y peludo, entre café, negro y algo de blanco. Yo, por mi parte, vestía mi camisa de franela estilo leñador de cuadros rojos y negros, abierta y arremangada, unos pantalones café claros -entre madera y caqui- un poco arremangados también, un par de sandalias de playa, negras con rojo, que uso para la ducha, y un inusual casco de bicicleta blanco -estilo de bici de ruta, con ventilaciones y sin visera- (si, un outfit no muy cool). Estábamos parados conversando muy tranquilos y observando como una multitud de gente en bicicleta -con ropas frescas- avanzaba lento ocupando por completo toda la calle, en dirección contraria a la que se había dirigido esta gigantesca esfera metálica. Recuerdo sus caras, todas llenas de calma, incluso nosotros... No estábamos preocupados por nada habitual, parecía un domingo cualquiera.

De pronto comenzábamos a caminar por el espacio de arena en la misma dirección que la multitud en bicicleta, hasta que me puse a correr -sin tener razón ni motivo aparente, de hecho, en el sueño mismo me lo cuestioné- a toda velocidad, sin desesperación pero a todo lo que daba, dejando a mis amigos atrás -caminando ellos en calma-. En mi no sentía angustia -repito, fui consciente de aquellas percepciones sentimentales y cuestionamientos racionales en el sueño-, ni urgencia, ni afán de competir, sólo me puse a correr como un niño -extrañamente, y ahora que lo pienso, pocas (o nunca antes) veces en mis sueños he podido sentir la sensación de velocidad al correr, ya que casi siempre me veo oprimido contra el suelo sintiendo el peso de la gravedad y la debilidad de mi cuerpo que no me deja avanzar cuando necesito escapar o llegar primero que alguien o algo a algún punto-, me sentí liviano y también muy cómodo a pesar de mi confuso ropaje. En un punto me detuve, sin cansancio ni ninguna sensación de agotamiento o estrés. Acá, súbitamente, mi gorra cambió a mi dadhat negra con aquella visera que fácilmente pude reconocer ocultándome la mirada. Aquí estaba con un grupo de amigos que no recuerdo, ya que los vi más como una masa borrosa y medio oscuro -de entre los cuales no se con exactitud si se encontraba mi hermano y su polola-, con los cuales sostuve una breve conversación -que no recuerdo- la cual se vio interrumpida por la imagen de mi última polola, la cual observé a un par de metros a mi izquierda -dirección en que la manada de ciclistas iba-. Ella vestía un outfit negro completo -típico de ella-, con una sudadera sin mangas que dejaba ver sus hombros, unos jeans negros también semi arremangados, zapatillas blancas y una gorra estilo militar -de esas cuadradas-  color verde  completa -un verde medio apastelado, entre oliva, anis y crema-, que cubría sus ojos pero dejaba ver su clásico moño estilo tomate sobre su cabeza. Ella estaba de costado a mi a unos 15 metros, rescatando y bebiendo agua de esos bebederos que hay al costado de las zonas de pasto para las personas que ejercen el running, con una botella plástica transparente, estilo deportiva, con dispensador, que hacía juego con su gorra.

Al momento de verla observé su intensión de ocultarse, me vio algo así como de reojo y de inmediato giró su cuerpo para darme la espalda. En ese mismo instante su voz llegó a mi cabeza con mucha claridad y potencia diciendo una sola frase; "me siento melancólica". Ahí, sin pensar -porque típico que antes de una acción hay una milésima en donde llega un pequeño pensamiento de duda que te hace no actuar, que al final es un prejuicio... En este caso pudo ser un; "no quiere verme", "ya es cosa del pasado", "no es mi problema", debo estar aquí, este es mi presente", etc...- corrí hacia ella con la misma velocidad anterior, sin importar lo que me decía o lo que sucedía en ese instante con este grupo de personas que me detuvo -no sentí la sensación de interrupción por su parte, de hecho, fue mi voluntad estar ahí con ellos conversando, como fue mi voluntad también dejar de hacerlo bruscamente y salir corriendo-. Mi carrera fue instantánea, sin pensar, sólo sintiendo una visceral y natural intensión de llegar hasta ahí, y al hacerlo, ella se encontraba aun dándome la espalda pero agachada en cuclillas en el límite  entre la zona de arena para correr y la zona de pasto para descansar. En este momento ella tenía puesta su chaqueta de mezclilla celeste clara (y el resto de ropa igual que antes), y luego de un segundo de calma y contemplación, puse mis manos a los costados de sus hombros -no tan abajo ni tan arriba, y tampoco de manera brusca ni con fuerza, pero firme, sin el afán de hacer sentir ni sentirme apresando ni capturando, tampoco poseyendo- con el también natural y noble deseo de transmitirle un conjunto variado de buenos sentimientos que en ese momento fluían con vibrante alevosía por mi ser -y que quizás, mantuve por mucho tiempo dentro mío de forma real (sentimientos que, valga decir, durante nuestra relación siempre transmití para hacerla ver lo que realmente ella era, y hacerla sentir como realmente debía sentirse por todo lo que ella tenía; belleza, actitud, nobleza, inteligencia, seguridad, sabiduría, simpatía, amabilidad, amor, etc...)-.

Estuve un par de minutos así, contemplando su espalda sin ver su rostro y sólo preocupándome por entregarle cosas buenas y bonitas con ese gesto de unión y compañía. Fue un lapso francamente hermoso y especial, donde no sentí la necesidad de nada más, y donde todo a mi alrededor se detuvo, mi cabeza sobretodo. Luego de un tiempo conectados, por atrás nuestro pasa caminando con tranquilidad mi hermano y sus dos acompañantes, soltando una frase que en ese momento sentí, fue con el afán de completar una parte de lo que podía ser el rompe-cabeza que armaba dentro suyo esta mujer; diciendo un calmado "buena Félix". Aclarando y evidenciando así, -por si la subjetividad de la escena aun dejaba dudas- aun más el hecho de que era yo ese personaje que se encontraba tras ella, haciéndolo racional y real, claro y conciso, duro y tangible, "si, era yo" sin absolutamente ninguna posibilidad de equivocarse... En ese momento la apreté con un poco más de fuerza, empujándola firmemente hacia mi, quedando recostada sobre mi muslo derecho, y dejando su rostro frente al mío, para contemplar como acto final, una leve sonrisa proveniente de sus labios, que era junto con la punta de su nariz, lo único que dejaba ver su gorra.



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miércoles, 18 de septiembre de 2019

LA REUNIÓN

Todo comenzó en el antiguo departamento que compartimos con mi hermano Pablo. Era un día soleado y luminoso el cual disfrutábamos con vestimentas livianas; recuerdo la simpleza de mis shorts verde oliva y mi desgreñada polera azul prusia; y la polera negra, chaqueta y pantalones de jeans que usaba Pablo. El lugar estaba vacío, no estaban nuestros muebles ni nada, se sentía desocupado pero a la vez muy ameno.

En primera instancia conversábamos sentados en aquel espacio tipo mini-bar de madera que separa la cocina de la sala. Había alegría, era especial, recuerdo mucha luz y un ambiente muy cargado de una energía de paz y tranquilidad. Recuerdo mi antiguo computador abierto apuntando hacia Pablo, estábamos hablando sobre algo y de pronto, con algo de preocupación, comenzaba a buscar en mi celular unas fechas y lugares de un par de eventos en vivo que supuestamente tenía ese mismo día (en la noche), pero no los podía hallar. Sentí una desesperación y comenzaba a retarme mentalmente, hasta que recordé que no debía estar preocupado, que estos datos no los necesitaba ahora, por lo que me obligué a volver al presente, a ese inicial mood de calma.

Luego recuerdo haber ido al balcón. El ventanal estaba abierto y la cortina blanca transparente cubría el espacio que dejaba este por completo, moviéndose con un suave vaivén que a veces incrementaba un poco. Al instante de cruzarla y salir se vino a mi una enorme y abrupta sensación de vértigo, el cual sentí desde el interior de mi pecho y estremeció todo mi cuerpo. Cuando pude darme cuenta, observé que no estaba la baranda que mi mano derecha buscaba, y estaba parado justo al borde de entre el balcón y el precipicio, por lo que retrocedí un paso atrás (con mucho nerviosismo) para pegar mi espalda al ventanal y recapacitar un poco. Observé que el color de la cerámica del balcón no era la misma, en su lugar había una de un azul oscuro. También logré divisar de manera rápida que todo el primer piso estaba lleno de montículos de esa arena gris de construcción, y habían dos personas transitando entre uno de los cerros y una pared que al parecer era verde opaco. Logré asimilar enseguida que esta parte del sueño no era nuevo, ya lo había experimentado antes.

Volví al interior del lugar con la intensión de comentarle el hecho y la sensación a mi compañero, y de pronto me encontré del otro extremo hablando con este, fuera de la puerta principal que se hallaba abierta por completo, ingresando al departamento la bicicleta Mountain bike que Pablo usa mientras le comentaba mi apreciación del hecho, diciéndole que la impronta de este suceso no era nuevo, que con recurrencia me siento cayendo libremente, y que dentro del cúmulo de sensaciones una de ellas era que quizás en alguna otra vida morí, o moriría cayendo a un precipicio, pero que no era lo que quería, le decía que pretendía llegar hasta el final como un guerrero (aludiendo al suicidio).

Posicionaba la bicicleta parada de forma normal en el antiguo espacio donde estaba la lavadora -evidentemente el departamento ya no estaba habitado- mientras seguíamos conversando lo sucedido (a pesar de que oí muy poco feedback de Pablo, era como hablar solo, o una escena donde mi hermano sólo se remitía a oír, algo muy característico de él). Lo que también era muy claro, era que estábamos preparando el espacio para un acontecimiento especial, que tenía que ver con una reunión familiar (que por nuestras vestimentas, aludí a algo más cercano a él que mío).

En un momento la sala se comenzó a llenar de gente -hombres, mujeres y niños, todos vestidos de blanco- que se sentó al rededor del espacio, abarcando las tres paredes que daban de frente a la cocina, sin discriminar ventanal y pasillo, todo fue repleto de personas que a primera y rápida vista creo no conocer. Al instante incoé el acto de saludar dándoles la mano -y a veces un abrazo- y ofreciéndoles un vaso de agua, uno por uno, comenzando de izquierda a derecha. En ese momento concluí que era familia de Pablo y que el evento importante era una reunión de esta índole con el fin de celebrar algo, pero no tardé en notar una mezcla de sensaciones que me ligaban también a mi familia.

Todo iba muy normal, parecía una escena muy común -a pesar de que las caras a vista rápida nunca me fueron familiares y por lo general me enfoqué más en mirar las manos-, hasta que me topé con un caballero de bastón al cual tampoco logro reconocer (bastón estilo clásico, café oscuro y brillante, con mango, como el de mi abuelo), que reposaba en la esquina derecha de la sala mirando hacia la cocina. Al momento de saludarlo me agaché un poco -casi en cuclillas- y me acerqué para abrazarlo, acto que aprovechó para darme un fuerte golpe en la cabeza (con firmeza pero mesura) usando su implemento, el cual pude sostener luego de eso, con mi mano derecha, mientras él pegó su cara a la mía para abrazarme fuertemente por unos segundos durante los que no hubo dolor, ni ninguna sensación, ni nada más que silencio y su fuerte aroma a persona mayor.

Cerré mis ojos para entregarme al momento, fue un lapso en el cual todo se detuvo, mi mente comenzó a llenarse de mensajes que aludían a alimentar mi cabeza, a no olvidarme de nutrirla, a medir los excesos que podían deteriorarla y a no pensar tanto, consejos que fueron entregados claramente y de forma sustancial en el instante.

Nos separamos, y consecutivamente este Ser aparenta algo semejante a un fugaz y leve desmayo el cual no representó preocupación en nadie de los presentes (de hecho, sentí una sensación contraria, constante calma y dicha en todos, y en mi personalmente, algo de emoción), las personas de nuestro alrededor se encargaron inmediatamente de reponer a este individuo a su estado inicial mientras yo continué saludando y ofreciendo agua, uno a uno, hasta llegar al final de la secuencia donde estaban las ultimas personas cerca de la puerta principal del lugar.

En este punto reconozco ciertas ganas de no continuar en este acto, pero no de forma egoísta, sino, con esmero de ocultar ante el resto ese sentimiento de emoción que hacía sentir que mis ojos se llenaban de agua que no me permitía ver, pero continué. Al final estaba la mesa de cristal, semejante a la que nosotros teníamos en nuestro comedor pero esta era redonda y mucho más compacta. Esta estaba en un principio desnuda, sin mantel, y en ella se encontraban tres niños de una edad semejante a pesar de que el tercero era evidentemente algo más pequeño (tenían entre cinco y siete años), a los cuales tampoco logro diferenciar ni en cuanto a caras ni detalles, y a los que saludé primero de forma normal y luego haciéndolos chocar los puños en un acto de empatía jovial. Ellos estaban algo así como cuidados por una dama de edad avanzada a la que después reconocí como mi abuela, pero en un lapso más juvenil. Sobre la mesa recuerdo diferenciar algunos papeles, como planillas impresas de Excel, con los cuales los niños jugaban.

Al llegar a mi abuela sentí profunda alegría, la abracé con tanto cariño y amor que ya casi no podía aguantar las ganas de que mis ojos soltaran lágrimas a ríos. Ella se veía joven, compuesta, con una polera blanca manga corta de la que comenzamos a hablar, le dije que me gustaba, tenía los personajes que aparentemente eran los de Charlie Brown, y me decía que tenía al mejor personaje ahí el cual era uno que no pude reconocer, algo como un perro gordo de color café que en la ilustración simulaba el baile típico de Snoopy, además estaba vestida con una chaqueta azul marino muy bonita, y una falda larga del mismo tono.

Luego de esa pequeña charla, ella se puso de pie para comenzar a limpiar la mesa (que luego vi vestida con un mantel verde con cuadros blancos) de las migas, mientras yo me alejé en dirección a la cocina para ir en busca de un vaso con agua para sobrellevar la evidente emoción que sentía, la cual ya no podía disimular. En el acto de abrir la puerta del mueble, y mientras Pablo le daba el respectivo servicio a los invitados, me topo con mi tío Félix, vestido con una polera verde opaco (que seguramente relacione a una que tengo yo), quien me pregunta sonriente, con su característica forma simpática, segura y cercana "¿estái emocionao Felo?", a lo que respondo soltando el llanto sin aguantar más y abrazándolo fuertemente.







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De forma consciente, y no se si a modo de moraleja, puedo concluir que el triunfo no es más que un lapso que se traduce en el esfuerzo que hubo para conseguir algo físicamente momentáneo pero eterno y trascendente, en base a disponer y gastar tus recursos del instante en eso que durará por siempre.


Gracias por leer.





(Miércoles 18 de Septiembre del 2019).





lunes, 17 de diciembre de 2018

RESCATE DEL PASADO

(Para ella)

Hoy soñé que entraba a tu casa sin permiso  -que en realidad correspondía más a la estructura que tiene la antigua casa donde crecí-. Entraba en tu búsqueda, sintiendo que debía rescatarte, y con algo de temor, experimentando una leve pero constante inseguridad.

Al entrar, veía tu habitación como nunca antes la vi; con dos camas más bien pequeñas en vez de la tuya (como si fuese un cuarto de hospital), en un espacio distinto, que no pertenecía necesariamente a tu espacio (aunque si lo pienso, y limpio un poco la escena, puede que se acerque un tanto), ni a alguna pieza de la casa de mi abuela. Había poca luz y contraste, todo era gris y nublado. Tu cama estaba desordenada (lo que era lo menos raro) pero me generaba una extraña sensación de peso y oscuridad que nunca sentí en tu habitación (y que al contrario, quizás si haya sentido en algún momento en alguna de las habitaciones más descuidadas de la casa en la que crecí).

Tu no estabas en tu habitación, y yo me dediqué a contemplar la descuidada y fatigosa escena parado frente a ambas camas, mientras susurraba palabras conmigo mismo (que no recuerdo, pero aludían al desorden y al tiempo), con una continua sensación de preocupación por el poco tiempo –o algo así-, sin tocar ni buscar nada en especial. En eso sentí una presencia acercarse, pensé que eras tu, pero en realidad era la persona que, al parecer, compartía el cuarto contigo; una mujer linda, de piel muy clara (que contrastaba con el tinte de la escena), vestida de blanco y con pantalón azul claro, de pelo rubio hasta los hombros y algo desordenado, de contextura gruesa, y que hablaba un perfecto inglés –English Toffee-.  Cuando llegó no me preocupé por que me viera, sólo me dediqué a hablar con ella... Por lo que recuerdo, la saludé amablemente, y ella me contestó sin parecer alarmada tampoco por mi presencia, de hecho, se sentó en su cama con la espalda a la pared, reposando su pierna izquierda doblada sobre el costado arriba de la cama y la otra apoyada al piso, mientras comía un snack.

La mujer me habló largas y relajadas oraciones en aquel perfecto y armonioso Ingles, que en el momento no pude comprender a cabalidad por mi ignorancia, a pesar de prestarle mucha atención y rescatar algún sentido que ahora no recuerdo con exactitud, a lo que yo respondía como siempre lo hago en esas situaciones; defendiéndome con el escaso vocabulario que poseo, diciéndole –por lo que recuerdo- en un tono también muy relajado (pero algo tosco y tartamudeante), que iba en tu búsqueda, que mi fin era rescatarte, y que te quería (referido al cariño, no al poseer). Después de algunos minutos de dialogo algo infructuoso (básicamente porque no recuerdo, pero quizás el contenido era bien trascendental), sentí otra presencia venir, y ahora si eras tu. Estabas vestida con tu típica chaqueta negra de cuero (sentí que venías como de carretear, pero era extraño, como esas salidas esporádicas que le dan a los presos. Percibí una mínima sensación de descuido en ti a pesar de que te recuerdo bien arreglada –como siempre que usas esa chaqueta-, algo no encajaba al 100% en ti), no recuerdo otro detalle más que ese y tu bonito tomate sobre la cabeza. Recuerdo que expresaste una vibra de molestia hacia mi existencia, pero aunque me hiciste sentir corporalmente tu desagrado, te quedaste ahí, sin insultarme ni odiarme pero si rechazando mi presencia.

Nunca me miraste a los ojos, al menos no recuerdo haberte tenido de frente, sólo observé tus lindas mejillas de herencia materna de costado (como evitando que viera algo nuevo en tu cara) y al momento en que te daba la espalda me mirabas (con una mirada entre que de preocupación y enojo, con esas cejas algo levantadas que lo expresan todo) –pude comprobarlo de reojo-, sobretodo en los lapsos en donde me seguías. Tampoco te acercaste mucho a mi en esos momentos; no nos tocamos, no nos abrazamos, y mucho menos hubieron besos de por medio, simplemente hubo un reencuentro ingrato, lo cual nunca me incomodó.

Mi objetivo continuaba siendo el sacarte de aquel lugar, no se por qué, pero siempre estuve enfocado en comunicarte eso, sintiendo tu inseguridad y una suerte de peligro hacia tu persona. Finalmente accediste a salir conmigo -la verdad no hubo resistencia- a lo que la otra mujer nunca se negó de ninguna forma. Te guíe por unos pasillos (con una pistola gris opaca -de esas cuadradas- que de pronto apareció en mi mano derecha –que quizás recuerde haber tomado desde abajo de tu cama- y que valga decir, nunca use para amenazar ni disparar, ni a ti ni a nadie... Al contrario, siempre la miré con extrañeza).

En el camino nunca nos topamos con nadie, pero aun así caminamos con sigilo por aquellos pasillos (semejantes a los de la casa de mi abuela) ocultándonos por si había alguien... Tu atrás mío, siempre diciéndome algo –no recuerdo qué cosas, pero con un tono medio pesado, manifestando seguramente alguna “contrariedad”-, de igual forma siguiéndome sin negarte. Al final llegamos hasta una reja, muy igual a la que divide aquella casa con la de los vecinos en Maipú; una valla negra de metal, con puntas en su parte superior, pero a diferencia, no estaban colocadas sobre un trozo de pared que dividiera ambos recintos, si no que partía desde el mismo suelo, dejando entrever hermosas flores magenta que daban vida en el jardín de al lado, seguramente eran una suerte de Bougainvilleas pero que venían desde el piso, y que tenían también en su mayoría un frondoso grupo de hojas verdes que de vez en vez las ocultaban.

En esta escena había mucha luz y aire; era de día, había sol, y entre el jardín donde estábamos y el que lográbamos ver había mucha vida, completamente distinto a lo que percibía en la primera habitación. Recuerdo haber visto rayos lumínicos pasar por sobre la reja, iluminando con sus destellos los latones que cubren la división hacia la calle, el cual era en sus detalles muy muy similar al jardín que oculta dentro aquella casa en la que crecí. Pero a pesar de la significativa, melancólica y simbólica paz que siempre ha expresado esa imagen para mi, en el sueño nunca cambió el sentimiento de inseguridad que nos llevo a llegar a ese lugar, por lo que apresurándome puse algo parecido a una alfombra en los picos de la reja para no dañarnos al saltar por ella hasta la casa de los vecinos, luego repitiendo el proceso hasta la calle (que era la misma calle y entorno pertenecientes a la vivienda real).



En ese lapso, entre saltar y ayudarte a pasar, perdí el arma entre las plantas y flores, pero entre que tu me apurabas (esta vez con un ánimo más “empático”, de camaradería) y el poco tiempo para por fin huir, no encontré la pistola, hecho que sólo me preocupó un momento, ya que luego sentí con gran profundidad que la verdad nunca la necesité y menos en ese momento. Ahí me dispuse a seguir y continuar con nuestra huída, me paré del piso, y justo en el momento en que al fin nos vimos de frente, desperté.



(Miércoles 28 de Noviembre del 2018)

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lunes, 10 de junio de 2013

BANCO DE CULPA


  Era una noche como todas con mi entrañable amigo César, bebiendo como de costumbre mientras caminábamos conversando y riéndonos de no sé qué, por esas nocturnas calles en las  cuales no transitaba un alma.

Llegábamos a una construcción blanca, gigante y ovalada, construida exteriormente en base a triángulos puestos uno adjunto al otro la que al parecer cumplía la función de banco. Estando ahí accesábamos  una clave, era como una entrada de cajero electrónico pero al juzgar por su máxima seguridad externa cumplía otra función.  Mi código era 0000 y al interior habían unas puertas cuadradas de aluminio con unas manillas de plata, con ese aspecto lúgubre de  los portillos de crematorio.  Para acceder al contenido interno también había que ingresar una clave, y al parecer era la misma de la entrada. En el interior de estas gavetas se encontraban artículos personales de cada uno, es decir, está especie de banco albergaba cosas con valor que no necesariamente era dinero.

Saqué algo del interior con la mano izquierda y con la Corona en la derecha nos fuimos a sentar a una banca –el lugar físico era semejante a ese lugar comercial donde está el Hites en la plaza de Maipú- al frente de esta construcción.  En algún momento de nuestra conversación, llegó un tipo y se paró frente a la puerta del “banco” para entrar, y mientras accedía su clave lo observé. Luego de que se fue volvimos al lugar de la entrada y le dije a mi amigo entre risas; su clave era 1212. Intenté ingresarla y accedí. En ese momento pensé que mi código de seguridad también era muy fácil.

Estando dentro marqué nuevamente su combinación en la teclera numérica para acceder al contenido y recuerdo haber sacado una billetera llena de papel moneda. Rápidamente la guardé y salimos del local raudos, entre risa y una sensación de grandeza por lo ocurrido. Luego de un rato caminando miré el contenido de la billetera y no eran más que papeles viejos, como billetes antiguos de otros países, por lo cual todo el entusiasmo inicial se esfumó.

Tras unas  vueltas por algunos sectores residenciales, llegamos a una pequeña plaza en la cual nos sentamos para descansar, mi amigo se moría de sueño y lanzó un saco de dormir azul en el pasto para reposar antes de llegar a casa –con ese amigo varias veces hemos dormido en el pasto de plazas después de tomar algo de cerveza y ron para pasar un tanto la intoxicación-,  yo no tenía sueño así que lo dejé y me fui a dar unas tranquilas vueltas por el sector, en eso y de reojo vi pasar una camioneta blanca por una calle lejana.

Iba mirándome los pies mientras avanzaba lentamente subiendo una calle con pendiente y preguntándome cosas filosóficas, de esos cuestionamientos que sólo se vienen a la cabeza cuando se camina solo a altas horas de la noche. Por lo demás, era un sector muy tranquilo y casi no escuchaba más que mis pasos y mis pensamientos, pasividad que se vio quebrantada en el momento en que la misma camioneta que divisé sin importancia hace un rato atrás frenaba violentamente a mi lado.

El conductor comenzó a gritarme amenazadoramente reprobando el acto que había cometido anteriormente e invitándome a subir a la parte de atrás del vehículo. Recuerdo haber actuado con calma ante el hecho pero no me negué a subir.

Después de unos momentos de discusión y de decirme que aquél “banco” estaba totalmente resguardado por cámaras y otra clase de cosas, el tipo manejó violentamente y con mucho apuro pasando por algunas calles y llegando hasta un sector de tierra donde había una especie de Mall. Ingresó a este pero por una entrada secreta que había por debajo, como si se tratara de los estacionamientos, llegando a una cárcel secreta.

El lugar era pequeño, asqueroso,  gris y frio, había mal olor y descuido, y todas las personas ahí se veían igual de desconcertados y tristes que yo. En el interior fui víctima de mucho prejuicio grosero e insultos sin razón. Recuerdo que miraba al suelo todo el tiempo y sólo levantaba la cabeza para observar algunos detalles de la construcción y los comportamientos del resto. Me entregaron un sucio traje naranjo y recuerdo que  en algún instante me comprometieron a una reunión con aires de juicio para dictaminar mi sentencia, por la cual me sentía muy agobiado.

A alguien le dije que debía ir al baño antes de aquella ocasión, y con el miedo de que ese lugar estuviese lleno de cámaras busqué el excusado más alejado. Subí por unas escaleras llegando hasta el mal en sí, en el camino me topé con amigos los cuales me saludaban pero yo sólo respondía con una mirada con la que intentaba pedir auxilio.

Llegué hasta un baño en un piso muy lejano, y ahí procedí a tomar la billetera que había hurtado anteriormente, destrocé todos los papeles que tenía dentro lanzándolo todo junto por el inodoro. De inmediato sentí un extraño alivio.




 

miércoles, 28 de noviembre de 2012

DONDE MISMO Y CON EXTRAÑOS

Llegábamos a ese lugar, no se desde donde veníamos ni quienes eran los que me acompañaban. Recuerdo que antes de llegar ahí, estábamos muertos de la risa tirando tallas en una sala de la universidad (quizás), no tengo una imagen clara en mi mente de donde me encontraba antes, pero creo que estaba con gente que si conocía y estábamos diseñando algo, lo que en un principio no tomábamos enserio y hacíamos bromas y cosas por el estilo, hasta que nos poníamos a trabajar a full, sobre todo yo que trabajaba con una persona lisiada  que tampoco conocía. 

Caminábamos conversando de diversos temas, pero el que más recuerdo es el amor. Era una  mujer joven y bonita, de unos 23 años, pequeña de pelo castaño, piel canela y ojos achinados; acinturada y muy atractiva. Y el era un tipo alto y flaco, pelo negro y rasgos marcados.

Recorríamos una carretera, saltábamos una muralla con alambres y llegábamos a un sitio que yo había visto antes en otro de mis sueños. Era cómo un terreno baldío, enorme, lleno de algunos lugares de pasto a medio quemar y partes de concreto rotas en el piso con alambres y madera. 

Traspasábamos la pared de concreto y de primera nos poníamos a conversar, ella me coqueteaba y bromeamos con eso. En una ocasión me tomó de la mano y me dijo vamos, y me llevó (a modo de broma) a otro lugar para darme un beso. Volvimos riéndonos.

Luego comenzamos a movernos, siempre entre risas y conversaciones existenciales. Era un lugar gigantesco y entre conversa y conversa de pronto, y sin darnos cuenta, se comenzó a poner el piso más esponjoso, hasta tal punto que comenzamos a caminar por una especie de laguna. Lo más extraño es que de un momento a otro aparece un cocodrilo gigante que nos acechaba. Nosotros con el agua hasta las rodillas y riéndonos siempre, comenzamos a escapar de este bicho que era monstruoso. No logro comprender por que mierda mirábamos el hecho como un chiste, si cualquiera hubiese sentido miedo, el animal estaba hambriento y se notaba el enojo en sus ojos. 

La cosa es que no se en que momento logramos escapar de el, todo esto entre risas, como si hubiésemos estado drogados o algo así. Llegábamos a una especie de plataforma construida del mismo material de las paredes, además con alambres y palos (era como ese lugar en las cárceles, donde se suben los guardias a vigilar armados), se veía muy inestable. Ahí (nuevamente) hablando del amor nos encontrábamos con una señora, aparentemente de clase media baja, vestida de buzo (gris), con una mochila en su espalda y muy desarreglada. Ella llevaba de la mano a un niño que no tenía más de 7 años, vestido de colegial con el típico pantalón gris y un chalequito azul obscuro. Evidenciaba un notable apuro, como si tuviera que salir rápido del lugar mientras nos debatía sobre lo que ella pensaba del amor, dando opiniones cortas como "yo no creo eso", "No", "Si", "Eso no es", "Están mal", entre le hablaba al niño diciéndole "tenemos que salir de aquí", "vamos a ver como salir" y cosas así, con una desesperación moderada.

Entraba en esa especie de plataforma (era como un cubículo de unos 2x2) y nosotros la acompañábamos entre conversa y risa, de pronto ella le decía al niño en voz siempre baja "tenemos que hacer un espacio (entre los alambres de la pared) para llegar a esa calle y tomar la 505 (bus)" ahí yo miraba a través de la pared y veía esa calle;larga, limpia, con unas curvas pequeñas y marcas de pintura bien delineadas, entre frondosos árboles verdes, radiantes y hermosos (dentro del sueño logré reconocer esa calle, puesto que en otro sueño (que no escribí acá) yo llegaba a este mismo lugar en donde estábamos, pero caminando por aquella carretera. En esa ocasión estaba escapando de alguien o algo, corría por ese camino con desesperación y lo cruzaba para asomarme por las paredes de este sitio. Recuerdo haber dicho "guao, esto debió ser un hipódromo, del cual no queda vestigio" (se puede comparar la inmensidad del lugar con el hipódromo de Viña del Mar. Imagínate ese sitio pero sin galerías, ni edificios, ni palos clavados al suelo que dejen en claro que hubo ahí un hipódromo). Pero no entraba al lugar, sólo lo contemplé desde afuera. Cabe destacar que esa vez también vi el cocodrilo, y también soñé que por esa calle pasaba la micro 505). 

Al dejar de mirar la carretera que estaba afuera, volví la cabeza para ver a mis acompañantes y con seriedad les preguntaba "¿qué chucha hacemos aquí?" (creo que caminábamos en dirección errónea, nosotros fluíamos por cualquier parte mientras conversábamos) por lo que comencé a trepar por una pandereta por donde supuestamente habíamos entrado, el tipo me seguía. Ahí noté en nosotros un poco de desesperación por abandonar ese lugar (quizás entramos en un estado más consciente). 

Salíamos, el tipo seguía caminando derecho y yo me detuve para mirar hacia atrás (y arriba, por que la plataforma tenía una pequeña altura) la mujer que estaba con nosotros decía "¿quién me ayuda a bajar?" cuando justo en ese momento un espacio de la pared en donde estaba, cede cayendo al suelo y genera una especie de pasada por donde ella puede descender tranquilamente. Yo me aprovecho de la situación y le hago un gesto, como de reverencia, algo así como "a sus ordenes madame", a lo que ella responde con una mirada coqueta y una sonrisa cálida (en ese momento, cuando ella está bajando, me doy cuenta que comienza a salir un liquido de mi nariz, yo comienzo a limpiarme sin que ella se de cuenta de la situación (no lo hizo) y alcancé a ver mis manos todas negras, como cuando era niño y jugaba en el taller de mi abuelo, las manos llenas de aceite y tierra).  

En ese momento miro hacía un costado de esa especie de construcción, y veo un balón de fútbol, voy hacia el y estaba desinflado (en el otro sueño, también recuerdo haber visto balones desinflados, supuse que eran pelotas que caían en el lugar y nadie se pasaba a recogerlos), entonces rodeaba la estructura por abajo, y veía muchos balones en igual estado. Así que decía "qué mierda estoy haciendo aún acá" y me devolvía por donde mismo vine. 

Cuando logro colocarme derecho y levantar la cabeza, veo a los personajes que me acompañaban muy lejos y conversando, yo comienzo a caminar en su dirección de manera tranquila y de pronto desaparecen. 

Es ahí cuando aparece en su lugar, otra persona. Una mujer que conozco, que conocí este año y con la que he salido un par de veces en buena onda, con la cuál reconocimos mutuamente un gusto por el otro pero con la que actualmente estoy distanciado por un par de problemas y diferencias que tuvimos. Ella estaba escapando del cocodrilo, de pronto a nuestro al rededor aparecía gente, pero era gente falsa. Cómo esas personas que ponen en los planos 3D de los edificios cuando los están construyendo para mostrar como se verá. 

La cosa es que ella intentaba alejarse del animal pidiendo ayuda, yo corría lo más rápido posible hacia el lugar donde se encontraba (estábamos en una especie de pantano. La superficie cambiaba de forma extraña, a veces caminábamos sobre pasto y otras sobre agua) con la mezcla espesa hasta la cintura, golpeaba con las manos el agua mientras le gritaba improperios para llamar la atención del bicho, sin éxito alguno. De pronto, el gigantesco cocodrilo la atrapa, y se la comienza a devorar como si de una galleta se tratara, mientras ella gritaba "ayuda!" "Me duele!". Ahí tuve una sensación extraña, por momentos pensaba "no importa, se lo merece" por otros decía "que mierda puedo hacer". Nadie de las "personas" se movió nunca, y yo lejos del suceso sólo pude mirar lo que ocurrió hasta que desperté.  

No sé si ese lugar realmente existe. 
No se si esa carretera existe, y si por ahí pasa esa micro. 
No se si he visitado el lugar, o si habrá en alguna parte un sitio como ese. 






lunes, 1 de octubre de 2012

SUEÑOS DE DHEIKING, PRESENTA: INQUIETANTE CALMA.

Tengo la difícil tarea de describir y expresar emocionalmente tal cuál el sueño que acabo de tener. sólo por que tengo ganas de no olvidar ningún detalle y por que quiero entender el significado completo de cada uno de los mensajes que aparecieron en el. 

    Estaba en una tienda, estilo "ropa americana", hablando solo, de hecho no recuerdo haber visto a nadie más al rededor mio, no había ni gente conocida ni extraños cerca. Tal parece que buscando ropa nueva, con algo de entusiasmo por que con mis amigos nos íbamos a la playa pronto, eso pensaba en el sueño. 

Me probaba unos trajes de baño, negro con verde, luego los cambié por otro igual pero blanco con verde, eran muy anchos, como de basquetbolista "And One". Luego veía una chaqueta, como corta viento de la misma combinación de colores pero como de estilo militar, de camuflaje, que me llamaba la atención. Me la ponía. 

Al fin y al cabo no pagaba nada, no sé por que salté esa parte y pase directamente a otro sitio, simplemente usaba esa ropa que era bastante ancha para salir con los amigos (Gonzo, Franco, Erick, Renato, Jose Luis) en auto (el mismo auto de siempre, uno gris que es del Papá del Gonzo), al parecer íbamos a la disco, pero por alguna razón yo sólo los acompañaba y les dejaba claro que no me quedaría mucho tiempo ahí. Para variar estaban todos bien vestidos y animados, y yo con lo que me acababa de poner, denotaba mi simpleza y despreocupación por aparentar y mucho menos llegar a ligar con mujeres.

Al llegar, me bajaba del auto, venía sentado atrás al lado izquierdo. Me arreglaba los pantalones y miraba a los guardias de la disco. había un tipo gigante y una mujer pequeña quien decía conocerme (no recuerdo su cara). Hablamos un rato de no recuerdo que cosas y me pasaba un papel pequeño y amarillo, supongo que era como la entrada. Nuevamente no pagaba nada. 

Accedíamos, y no directamente a lo que era el local, si no que a un espacio más parecido a unos baños, donde habían espejos e inodoros con puertas. El Franco andaba prendido y se ponía a lanzar la talla con los demás, recuerdo que alguien se quedaba dormido en uno de los escusados y yo entre risas, lo despertaba con una palmada, luego aparecía un gordito curado durmiendo, tal cual pasó en la tokata a la que fui el día viernes que pasó, también lo despertábamos entre risas.

Luego el Franco comenzaba a jugar con la gente que llegaba, creo que era como un baño mixto. Conversaba con las mujeres que entraban diciendo algo así como; "la que no es bonita no entra. Las bonitas con entrada en mano, por favor" y todos reían. 

Ahí yo decía, "ya cabros, me tengo que ir", creo que quería ir al estudio a seguir editando mi disco. No recuerdo haberme despedido y salí del lugar, había un ambiente raro, un clima cálido pero sombrío afuera. Nublado y aterrorizantemente tranquilo. Silencioso. Solitario. 

Caminaba mirando la calle, parecía disfrutar el camino, creo que iba silbando una canción (no recuerdo cuál), el local tampoco me parecía conocido, creo que era una combinación extraña de locales que he visitado, como entre Jammrock y Arte Matta, pero el lugar donde estaba ubicado me era aún más familiar. Habías casas y arboles, se parecía a un lugar que queda cerca de mi casa

Caminando, en cosa de un parpadeo llegaba al cementerio. Calle Maipú con calle de la Victoria, ahí había mucha suciedad, indicios de que hubo una feria en el lugar. Lo típico que ocurre cuando la feria es desarmada y la misma gente intenta limpiar el sitio, pero no recuerdo ver sobras de alimentos, si no restos de flores esparcidos en el suelo, tallos y pétalos, y algunas flores completas.

 Habían algunas patrullas de Carabineros con las balizas funcionando y las puertas abiertas, yo pensaba "oh, yo lo dije. Yo lo pensé" haciendo referencia a que había pensado antes de ver esa escena que podían haber tipos robando en ese sector.

Sobre el asiento trasero de la primera patrulla tenían esposado a un tipo entre dos carabineros, y más atrás había otra patrulla, pero de esa no recuerdo nada. 

Luego de ver eso (todo esto mientras yo caminaba en dirección a mi casa por la calle Maipú), enfoqué mi mirada en el frente y vi a dos tipos gorditos, que venían abrazados, como sujetándose el uno con el otro en evidente estado de ebriedad. Tenían el pelo largo y con risos, algo así como Leo Rey. Descuidados, con la camisa afuera de los pantalones y mostrando el ombligo, morenos y vestidos con colores obscuros. Con un caminar errático venían hacia mi, uno de ellos, el más ebrio supongo, cantando una canción en voz alta (la cual se me quedó pegada, en el sueño y al despertar también), que hacía referencia a 'no querer amor ni menos ternura, que no quería verla a ella, ni menos la luna'. cuando nuestros caminos se cruzaron el curado que no cantaba me quedó mirando y se rió, como pensando de manera simpática "venimos en son de paz, ebrios y amigables, perdona a mi amigo cantante si te molesta".

Cuando pasaron por mi lado, recuerdo quedarles mirando y girar la cabeza para verlos bien. La última vez que el curadito cantante mencionó a la luna, recuerdo haber levantado la cabeza para verla, y estaba misteriosamente preciosa, amarilla, muy pero muy grande, tapada levemente por algunas pequeñas nubes. Y recuerdo haber quedado como "huaaaaa!" y con un a sensación que mermó mi paz. 

Seguí caminando, pensé "quiero llegar luego a trabajar" mientras cantaba en voz baja la canción que gritaba melódica y sentimentalmente el ebrio (en el sueño pensé, sería un buen estribillo para alguna canción). Por alguna razón no llegaba al estudio, llegué a mi casa. Entraba y saludaba a la Martina (mi perra), que me recibía como es de costumbre, con mucho ánimo. 

Al parecer la casa estaba sola, recuerdo mucho silencio, lo que en mi casa es raro, no existía ni la música de mi abuela, ni la risa de mi tía, ni la voz molestosa y fuerte del Quico.
Había un ambiente calmo, quieto, muy extraño. 

En un momento aparecí sobre una superficie muy muy alta, era algo parecido a un tobogán desde donde saltan los clavadistas.  Tenía una escaleta a un lado y unas manillas para sujetarse, aparentemente era con el piso de madera, blanca, como la puerta de la entrada a mi baño. 

Miraba hacia abajo, y era extremadamente alto, de hecho, agachaba la cabeza constantemente para mirar, y veía nubes pasando, las copas de los árboles y las cosas extremadamente pequeñas desde mi perspectiva. 

No se que hacía ahí, no se en que momento subí y tampoco se para qué, pero de pronto ya estaba abajo, y ahora sentía miedo. Pero era un miedo extraño, más bien una sensación muy pequeña de peligro, era inquietante. No un miedo que volviera loco sin dejarte pensar, al contrario, meditaba como escapar de esa sensación. Me sentía acechado, aparentemente había alguien extraño en mi casa, y sentía que había matado a mi familia.

Llegaba al patio, donde estacionan los autos. Escondiéndome, con movimientos lentos. Recuerdo que pensaba mucho al moverme, no dejaba nada al azar. Los pasos eran cuidadosos. 

Llegaba al lado de portón, donde antes habían unas maderas que funcionaban a modo de reja separadora, y sostenían las plantas de mi abuela. Ahí sentía que alguien me observaba, miré hacia el lado derecho, y recuerdo haber visto a mi perra (Martina) tendida sobre el suelo, ahora que lo pienso no se si estaba flojeando como siempre lo hace, o estaba realmente muerta, como lo sentí en el sueño. 

Al ver esa imagen, internamente me desesperé, pero fue extraño, al igual que el miedo anterior, me mantuve controlado, serio y sereno, pensante, y reflejando tranquilidad. Escondí las emociones de manera increíble.

En ese instante sentí que no solo alguien me estaba observando, y moviéndose tan lento y sutilmente como yo, si no que también esa persona me estaba apuntando con una escopeta y estaba muy cerca mio, algo así como justamente al otro lado de la reja de madera. 

En un momento mi tranquilidad cambio, y abrí la puerta del portón rápidamente para escapar a la calle. Salí, y cuando lo hice volví a estar tranquilo. Cerré la puerta y nuevamente con mucha calma caminaba. Ahora en dirección a la calle Caupolicán, y vi a muchas mujeres, que venían en dirección a mi, raudas como si estuvieran atrasadas para llegar a su sitio. 

Recuerdo una que venía de frente, de pelo largo y castaño, bien vestida de colores tierra, como con una falda de cuero y botas, con un bolso cruzado. Y una mujer de lentes, pelo corto y rojo, ese rojo ficticio, como tirando a rosado, muy Punk pero intelectual, que también caminaba muy rápido en dirección a Victoria por Caupolicán.  Personas que no conocía.

Es lo último que recuerdo.